viernes, 27 de enero de 2012

Derecho a la Rebelión :.


Democracia, Desobediencia Civil y Derecho a la Rebelión :.

Platón en su diálogo La República relata las 5 fases por las que, según él, atraviesan todas las sociedades. Platón nos relata que el paradisíaco Estado comunista primitivo se desintegra, surgiendo “la lucha de clases" fomentada por los intereses particulares sobre todo de carácter económico, los cuales representaban "la principal fuerza de la dinámica social". Así surge el primer tipo de gobierno decadente: la timocracia. La timocracia es el gobierno impuesto por los nobles, que se mantienen en el poder en base a su posición nobiliaria, pero que paulatinamente van cediendo más poder económico. De este movimiento de capital surge simultáneamente  un nuevo grupo de poder que ha ido aumentando su poder económico y que desprecia a los nobles timócratas que sólo gobiernan debido a su abolengo, pero que se han vuelto decadentes y carecen de poder económico real. 
Así finalmente la oligarquía se impone por la fuerza y derrota a los nobles timócratas reemplazándolos por aquellos que tienen el poder económico. De allí en adelante el derecho a la ciudadanía y a ocupar cargos públicos se basará exclusivamente en el poder económico. Este sistema, rápidamente generará contradicciones y gran descontento social, ya que nos dice Platón  "el pobre se dará cuenta que esos decadentes (los ricos y poderosos) deben su riqueza a la cobardía de los pobres" por lo cual pronto se originará una guerra civil, por la cual se impondrá la democracia.
 Ésta democracia es criticada por Platón, porque la igualdad de todos ante la ley viene acompañada por una libertad individual que debilita al Estado ya que cada uno podrá servir o negarse a servir a los intereses de las mayorías según más le plazca, lo cual llevará al caos. La democracia que Platón critica es la democracia Ateniense, democracia que a través de la navegación y el comercio se convirtió en el imperialismo comercial ateniense, tal como se desarrolló en el siglo V antes de nuestra era, pretendiendo someter económicamente a través del comercio a todas los Estados cercanos con economías básicamente autárquicas.
Ante el caos que surge del individualismo exacerbado, el panorama se vuelve propicio para la imposición de una tiranía. Platón afirma que la tiranía resulta de un líder popular que aprovechando las contradicciones entre pobres y ricos dentro del Estado democrático, agita la opinión pública contra los poderosos logrando el apoyo popular. Sin embargo después de repartir los factores de producción "tierra, capital y trabajo” entre el pueblo, (dando preferencia a sus allegados), llega un momento en que el pueblo como agente social se vuelve innecesario para sus Íntimas aspiraciones personales de realización, por lo cual el tirano provoca constantes guerras exteriores que justifiquen su permanencia en el poder. Este fenómeno empieza a estudiarse hoy en día. Los dirigentes necesitan al enemigo para transmitir al ciudadano la idoneidad de sus políticas. Para ello justifican sus acciones en una actitud paternalista de proteger frente al enemigo. Es decir, si un gobierno (o forma de gobierno) pierde credibilidad y apoyo popular tras aplicar una  política determinada, siempre buscará al "necesario enemigo" y establecerá un régimen de limitación de derechos, creando alarma social, para sostener la cohesión social en la defensa contra ese enemigo y justificar a su vez sus reprochables acciones políticas. Teacher con las Malvinas, Reagan con las guerras del crudo, Pinochet con la represión, o aquí en casa,  el modelo bipartidista español con el terrorismo de ETA, son claros ejemplos de ese modo de hacer política. Si no existe enemigo, se crea y si existe se provoca y se le cierran los cauces o se manipula la información que pueda transmitir.
La democracia surge siempre, (según Platón) de la oligarquía en la que el afán por la ganancia ha relegado la educación y la valoración por la cultura a un último plano, por parte de los grupos dominantes y ha sumido en la ignorancia a las grandes mayorías, es decir, a los pobres. Esta democracia es gobernada por un grupo de administradores zánganos que se relacionan y mantienen sus estructuras por medio de alianzas con   el segundo grupo importante, que son los poderes que no fueron eliminados por la revuelta social que instauró la democracia. La Constitución española se construyo sobre una ley de Amnistía que perdonaba los crímenes cometidos y absolvía a todos los miembros contrarios al régimen anteriores decir al franquismo. Es decir perdona a los monárquicos,  republicanos y comunistas y les invitaba a participar en la creación del nuevo Estado. Pero en ningún caso asume los crímenes cometidos por el franquismo, ya no en La Guerra Civil Española, si no en la represión franquista posterior.  http://www.boe.es/aeboe/consultas/bases_datos/doc.php?id=BOE-A-1977-24937). L
 Finalmente, está el pueblo. Los administradores pretenden controlarlo repartiendo algo del remanente que queda tras el costoso mantenimiento de esas macro estructuras de alianzas, tácitamente pactadas con los poderosos del ámbito económico. La desigualdad en el reparto de los ingresos producidos por la masa popular llevará a inculpaciones mutuas de corrupción entre los ricos y los administradores para defenderse frente a acusaciones del pueblo, que llevarán a la desconfianza . Este caldo de cultivo es el ideal para que un líder charlatán aglutine a las masas detrás suyo y se inicie la tiranía.
 En este entorno surge y se hace necesario el derecho de resistencia a la opresión propio de toda sociedad política organizada. La necesidad de rebelarse ante un régimen opresor, negador de los derechos y garantías ciudadanas, que quebrante los acuerdos sociales y políticos del cuerpo electoral que lo escogió para la conducción del país, debe reconocerse en los textos constitucionales para que el ciudadano pueda directa o indirectamente recurrir a todos los medios jurídicos a su alcance para restituir el orden infringido. Este derecho se ha apartado de los textos constitucionales, y se ha relegado a una mera anécdota histórica. Las constituciones “garantes de los derechos civiles” se han convertido en el blindaje de un modelo obsoleto propio del siglo XIX, que no se adapta a las necesidades de la sociedad actual y que se conocen como "constituciones pantalla". 
 Ante un gobierno que se coloca al margen de la Constitución y el derecho adquirido el pueblo está legitimado para apartarse también de las normas constitucionales y si no cuenta con otros medios debe servirse de la fuerza para derrocar a quienes dirigen el Estado bajo la tiranía.
No hay duda que ante un gobierno que adopte una posición autoritaria, opresora de los derechos ciudadanos la reacción del pueblo no puede ser otra que la desobediencia civil. Éste es el único instrumento democrático para lograr la paz, la libertad y por  consiguiente para desconocer el régimen y la autoridad ejercida en forma contraria a los valores, principios y garantías democráticas, así mismo se justifica la defensa a la opresión, que no es otra cosa que la defensa del orden jurídico constitucional.
La Constitución se ha transformado (en nuestra moderna y caduca sociedad) en un instrumento adaptativo y flexible para las pretensiones de los gobernantes de turno en sus partes dogmática y orgánica. Conserva no obstante su rigidez  en lo tocante a los derechos implícitos que enumera en su preámbulo y al desarrollo de los mismos por la legislación ordinaria.  La legitimidad de un gobierno se pierde cuando pretende resquebrajar los sentimientos de un pueblo. Cuando un gobierno consigue que los ciudadanos tengan dudas y temor sobre el futuro, la democracia,  el goce de la libertad, el respeto a su dignidad, sus creencias o su opinión, el ciudadano tiene derecho a defenderse ya que todos sus derechos están siendo ignorados. Si un gobierno se empeña en ir deslindando sectores de la sociedad para enfrentarlos en una lucha económica y política, inspirada en viejas y anacrónicas fórmulas de concebir el Estado y trata de aglutinar y construir con artificios patrios a una sociedad  para sumirla a la voluntad autárquica de un modelo, que impide de facto la representación popular, ese gobierno no tiene legitimidad. De ahí entonces que el derecho de resistencia a la opresión es más que necesario.  La democracia, pues, sin la distribución equitativa de la riqueza o que carece de una   regulación de la propiedad privada y de una educación, justicia y  sanidad igual para todos los ciudadanos, a pesar de ser mejor que las otras alternativas, conduce casi inevitablemente a la tiranía del Estado.

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