Que el capitalismo debe modificarse, lo reconocen ya hasta
los mismos capitalistas.
Recientemente ha fallecido Frédéric Hessel, este diplomático, escritor y militante político ha estimulado las conciencias de millones de personas con sus obras literarias, en las que insta a la ciudadanía a la insurrección pacífica y a abandonar el rol que nos atribuye la sociedad de consumo. Si la situación económica fuese otra, este señor moriría sin ningún titular, y probablemente casi nadie le conocería. No lo podemos negar, la literatura reivindicativa está de moda en los momentos de crisis. Los textos de carácter político estaban constreñidos al pequeño círculo académico, o a los profesionales y aficionados a la política. La realidad literaria en la época de burbuja especulativa era esta: se amontonaban en las bibliotecas las obras de crítica al capitalismo sin que sus autores o los estudiosos se sintieran capaces de proponer algo mejor. Pero la crisis nos ha dado la oportunidad de desempolvar esos textos y participar por medio de las redes sociales en algo tan, tan grande, que nos ayudará a realizarnos como personas, más (por supuesto), que cualquier necesidad material individual que tengamos; podemos cambiar el mundo. Está
claro que no es lo mismo descubrir el fallo, que encontrar el remedio, pero la
falta de audacia de la clase política roza lo vergonzoso. Desempolvando textos y por la similitud semántica, me surgió una confusión que traté de solventar. Recordaba haber leído algo sobre Gesell o Hessel y soplando los ácaros en mi ciber biblioteca encontré la solución. De toda la biografía y obra del otro Gesell, rememoré una parte en la que este economista proponía un sistema de divisas con interés negativo. La
forma más conocida de esta divisa fueron los "sellos moneda", los
cuales requerían un sello que se estampaba en la parte de atrás del billete
cada mes, para revalidarlo. Lo cierto es que el dinero está bien como medio de
cambio, pero tiende a ser usado como un instrumento de poder, capaz de dominar
y distorsionar el mercado. El dinero puede ser atesorado, es decir, sacado
temporalmente del mercado con propósitos especulativos sin que además, el que
lo posea esté expuesto a pérdidas. Los bienes materiales reales, por otro lado,
no pueden ser atesorados sin costes significativos, bien por el deterioro
natural, el coste de almacenaje, o la demanda del bien, como ocurre con una
manzana que se pudre, o una vivienda que se agrieta, o como con el oro que debe
ser bien protegido y en algunas situaciones desaparece su demanda.
Para estimular la circulación natural de la riqueza en vez
del estancamiento especulativo, Silvio Gesell propuso los "billetes
oxidables" (una metáfora para el dinero con interés negativo), para
producir una "reforma orgánica" del sistema monetario. Así, el dinero
al comportarse como la riqueza material "real", suprime las
distorsiones en el sistema causadas por el atesoramiento y otras formas de
usura. Esto propiciaría que la gente tratara de percibir las ganancias
completas de su propio trabajo, es decir, evitaría al Estado o a la banca como
el intermediario necesario para la mayoría de transacciones comerciales. De esta manera, con el paso del tiempo el Estado tendría el papel que teóricamente le
corresponde, es decir, la de velar por los intereses estratégicos supra estatales, la defensa
y la función de policía. Desaparecerían los impuestos para otras funciones que
no fuesen la enumeradas, y eso permitiría a grandes sectores de la población librarse de
la esclavitud del salario, fomentando trabajar de una forma autónoma o en
negocios privados y cooperativos.
Un experimento exitoso con las teorías de Gesell tuvo lugar
en la ciudad austriaca de Wörgl en 1932, durante la depresión. Este pueblo
austríaco se quedó sin dinero, por lo que el alcalde imprimió el suyo propio.
La divisa resultante, el sello moneda de Wörgl, fue diseñado para generar
automáticamente interés negativo. Cada mes, sus tenedores tenían que pagar una
tasa del 1% del valor del sello moneda, por lo que la gente trataba de gastar
el dinero lo más rápido posible. Esto redundó en un enorme incremento en la
"riqueza real": nuevas casas, un nuevo sistema de agua, calles
pavimentadas, un nuevo puente, un salto de esquí, etc. Pero cuando cientos de
otras ciudades austriacas elaboraron planes para copiar el esquema de Wörgl, en
el Banco Central austriaco cundió el pánico por la amenaza a su monopolio, y
una ley declaró ilegal el emitir una divisa alternativa en Austria.
La mayoría de las ideas económicas alternativas, incluso
aquellas tan benignas y sensatas como las que proponía Gessell, han flotado en la
mente de los estudiosos por décadas sin que nunca hayan sido llevadas a cabo.
Los ciudadanos e incluso los propios estudiosos, estamos expuestos a argumentos
como "si esta es una idea tan buena, ¿por qué no ha sido ya llevada a
cabo?. Es importante darse cuenta que haciendo estas objeciones, nunca somos
convencidos por razonamientos lógicos. ¿Podemos deducir que sólo la aceptación
de estas ideas por parte de una persona con una reconocida autoridad nos
convencería? ¿ Ó necesitamos una situación de crisis extrema para reaccionar? Ese es el argumento más utilizado para convencernos de algo, por
muy irracional que sea. Es lo que ocurre
en España cuando nuestros políticos citan a autoridades extranjeras para
convencernos que cobrar menos salario es más europeo, que nuestra gasolina es
la más barata de Europa o que nuestra sanidad y educación funcionarán mejor con
el modelo que se sigue en Europa. La transición del hombre de rebaño a hombre
completo e independiente, en individuo, es decir, en persona que rechaza todo
yugo por parte de sus semejantes, se inicia con los primeros ensayos de la
división del trabajo y es la espina dorsal en la que se fundamenta la lucha de
clases. Esta evolución se habría cumplido hace tiempo si no hubiese tropezado
con algunos fallos que están retrasando el proceso y que surgen de nuestro
modelo territorial y de nuestro sistema monetario. Estos fallos dieron origen
al capitalismo, y éste, a su vez, para defensa propia, creó el Estado tal cual
es hoy. Los partidos políticos, todos sin excepción, carecen de programa
económico, se mantienen sólo a fuerza de frases. Todos los partidos parecen estar
sinceramente dispuestos a ponerle un punto final a la danza loca de la economía
internacional; todos parecen hartos de la inseguridad y de la injusticia; todos
parecen luchar por la paz; pero “no” todos (ninguno) anhelan que se inicie por
fin una nueva época ascendente en la historia humana. No tiene sentido que los parlamentarios discutan sobre cómo solucionar el problema del paro, la crisis, las
guerras o cualquier otro asunto, si niegan o en algunos casos ignoran
completamente las leyes que rigen la vida económica. Tampoco es necesario cambiar
los gobiernos, organizar movimientos, manifestaciones o implantar medidas, tanto si es por sufragio
como si lo es aprovechando hábilmente el descontento general, ya que todos estos cambios o manifestaciones, forzosamente resultarán estériles por falta de un planteamiento económico coherente e irrefutable, tanto moral como teóricamente. Para nada sirven todos
los adelantos técnicos, si el desorden económico impide su aplicación, excepto
claro está, en los casos donde de manera directa se tratan de destruir o de
ocultar. Esta actitud oscurantista, construye una opinión pública que no crítica
a los parlamentos, su charlatanería o su ineficacia proverbial, lo que propicia a su vez que se retroaliemente el sistema burocrático y el esquema capitalista
propio del Estado actual. Esta maquinaria, crea problemas inexistentes para los que se
plantean soluciones basadas en necesidades ficticias. Los avances científicos y
tecnológicos son abundantes, pero hace falta romper las cadenas y el yugo económico
que ata pies y manos a esa masa de ciudadanos comprometidos con un mundo mejor, decididos a superarse: emprendedores,
investigadores, estudiosos, trabajadores por su futuro que necesitan el soplo de la vida en sus
proyectos. Resulta retrógrado pensar que
nosotros los ciudadanos del siglo XXI nos decantaremos por un nuevo líder populista,
o por una nueva religión. Por tanto, ya es hora de que la gente se atreva a
hablar de ideas o valores, o que encontremos el valor para citar a autoridades
intelectuales, como hizo por ejemplo John Maynard Keynes con el concepto de
interés negativo de Silvio Gesell y que plasmó en esta rúbrica: "Yo creo que en el
futuro aprenderemos más del espíritu de Gesell, que del de Marx". Sin embargo, nosotros sin cambiar el sustrato económico o moral, nos hemos aplicado vehementemente otra de las
ideas de Gesell, aquella que dice: "
el egoísmo es un factor a tener cuenta ya que el interés propio de los
individuos es algo natural, sano y una buena motivación para actuar y ser
productivo"...aunque en nuestro caso, cegados por el espejismo capitalista, hemos hecho bandera de esa máxima a
costa del medio ambiente, de otros seres vivos a los que no respetamos y por
los que no sentimos ninguna empatía, sean o no, de nuestra misma especie.

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