El engaño y la verdad conforman la realidad.
Son la vivencia misma de una crisis profunda y el propio valor
de la existencia, o una subsistencia sin esperanzas y sin objetivos los que se han transformado en el gran drama y desencanto de la sociedad. Afirmar que las sociedades humanas nunca han atravesado un período de cambios
tan radicales, acelerados y dramático, es ya un lugar común. Se glorifica y también
se teme a la ciencia y la tecnología, lo mismo ocurre con las transformaciones económicas
y geopolíticas; se describen pero no se entienden bien la mayoría de estos cambios, y se repiten frases
hechas sobre la pérdida de la solidaridad y la confianza, el quiebre de los
lazos sociales, la “crisis de valores” y el “desencanto” con respecto a las
ideas sobre el desarrollo mientras se multiplican los editoriales sobre el
empeoramiento de las condiciones de vida y la marginalización de cientos de
millones de seres humanos. Los medios de comunicación han hecho visibles estas
realidades de acuerdo a sus propios intereses de producción mediática,
llevándonos de la curiosidad al asombro, y del entretenimiento a la
dramatización, al horror, y finalmente a cierta insensibilización e impotencia
por la saturación permanente de información, convirtiendo el exceso de
información en una sutil estrategia de desinformación.
Hemos perdido la confianza fundamental en las instituciones
y en sus "representantes" que ya en nuestro imaginario están marcados
por la incertidumbre, la inseguridad, la "intemperie" y el
sinsentido. Pero tras el desencanto y la frustración, surge la reacción (la
resiliencia): los "excluídos" buscan expresarse, necesitan valor para
exigir sus derechos perdidos (trabajo, vivienda, salud) paralelamente temen
perder el reconocimiento de su identidad y su diferencia. Así el
"ciudadano medio", se identifica y trata de recrear afiliaciones
simbólicas en causas de "bien público" mientras otros abrazan dogmas
y utopías reaccionarias de destrucción masiva. En estas condiciones críticas la
comunicación puede realizar un aporte considerable tanto a la comprensión, como
al diagnóstico y la intervención social. La comunicación debe asumir el desafío
de producir un saber a la vez transversal en sus aportaciones como
disciplinario y accesible a la gente. La comunicación implica un proceso de
recreación de los vínculos y del lazo social pero también su concreción en
actos y en valores. La comunicación debe ser el lugar del sentido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario